La
historia de esta ribera no se ha hecho tanto con crónicas ni gestas,
como a golpe diario de pueblo llano y trabajo duro. La vida de ambos
queda hoy reflejada en sus huellas de piedra y, así, el Torío concilia
la sobriedad hidalga con la belleza arcaica popular de forma que
pasa la vista de un caserón solariego al minarete de un palomar
sin que el gusto se menoscabe. Si la heráldica de estos pueblos
recuerda señoríos y abadengos, sus palomares son ya de los últimos
con fábrica de canto rodado que quedan de pie.